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lunes, 30 de agosto de 2010

Doce hombres sin piedad. In dubio pro reo

Uno de los legados culturales más importantes de Roma fue el derecho, y uno de los principios más importantes que lo anima es el de In dubio pro reo, es decir, en caso de duda razonable siempre se debe resolver en favor del reo. No hay acuerdo, como en muchos temas sobre su origen; muchos piensan que, tal y como hoy lo conocemos, se prefiguró por los iluministas o ilustrados franceses del siglo XVIII, llamados tambien enciclopedistas, cuya filosofía se basaba en el triunfo de la razón. Se asocian a estas tendencias los illuminatti, en torno a los cuales se ha hecho cine-forum y se ha debatido durante el curso pasado.

Los sistemas democráticos introdujeron la figura del jurado popular, para que la decisión final no recayera en una sola persona, ya que el derecho es muchas veces interpretativo, pero como veremos en este film de 12 hombres sin piedad de Sidney Lumet, aunque la humanidad avanza en su conjunto, muchos individuos se encuentran en estadios culturales pre-románicos, y no comprenden aún el sistema de normas que el hombre se ha dado para lograr una forma de vida más civilizada y humana.

Doce hombres se reúnen para emitir un veredicto sobre un 'presunto' asesino, y deberían ser conscientes de que lo que van a decidir es la vida o la muerte de un hombre. Se procura que la composición del jurado sea aleatoria, es decir, hombres de distinta sensibilidad, cultura y condición social. Ya desde el principio se evidencian las diferencias entre ellos, sobre todo en lo que se refiere a la comprensión de la gravedad del asunto que se llevan entre manos. Se hace una primera votación para pulsar la opinión general y todos menos uno consideran que el reo es culpable; cuando el 'disidente' pide que se debata sobre pruebas, circunstancias procesales, etc., algunos empiezan a quejarse con argumentos como el deseo de acabar pronto para ir a un partido de fútbol, atender su pequeña empresa, terminar pronto...Es estremecedor pensar que alguna vez en tu vida pudieras depender de hombres así.

Pero el hombre que ve las cosas de otra manera, comienza a sembrar dudas, muy razonables, en las mentes de los demás, dudas razonables que les deben llevar a un veredicto exculpatorio. A medida que avanza el conflicto comienza a descubrirse que a la mayor o menor capacidad de comprensión de cada uno de ellos se une algo mucho peor: los prejuicios y los deseos de venganza, ajenos al proceso en curso.

En un momento de máxima tensión, uno de ellos dispara un discurso que le aliena el apoyo de los demás: " Como miente esa gentuza es algo innato. Pero, bueno, ¿ es que tengo que recordarlo? Esta es la única verdad, y aún hay más, ni siquiera necesitan una razón de peso para matar a alguien; son borrachos, beben como unos cosacos. De pronto alguien aparece asesinado...No hay que darle tantas vueltas, ellos son así por naturaleza. Todos son violentos. Una vida humana no significa nada para esa gente..." Antre la cara de perplejidad de los demás, por un discurso que le acaba de incapacitar para emitir un juicio, pregunta: " ¿No he hablado claro?. Le responde otro que hasta ese momento había mantenido una postura muy segura a favor de la condena, pero que había empezado a generar en su interior alguna duda razonable: " Demasiado. Siéntese y no abra más la boca".

Cuando ya sólo queda uno fente a todos, al que no le importan los argumentos cada vez más consistentes, finalmente se derrumba. Su odio al reo se basaba en un deseo de venganza contra sus propios hijos que le habían defraudado, y llorando grita: "Maldigo a todos los hijos por los que das la vida".

El hombre que había cuestionado desde el principio la seguridad de los demás, concluye diciendo que no es fácil desprenderse de los prejuicios que ofuscan la verdad, que quizás nunca se conozca; pero si hay una duda razonable no se puede condenar a nadie. Es preferible dejar escapar a un culpable que matar a un inocente.

Desgraciadamente ocurre a menudo que se condena a gente inocente, a la que nadie puede devolver el tiempo perdido. Pero es verdaderamente alarmante meternos con la cámara de Lumet en el seno de la discusión de un jurado, ya que no podemos hacerlo en la mente de un juez, y es necesario que los jóvenes conozcan este principio, de cuyo origen se duda, pero que se debe guardar como un tesoro de los sistemas democráticos.




Propuestas didácticas:

Vamos a realizar una peuqeña investigación sobre oradores romanos que se dedicaron a la defensa o acusación en los juicios.

Después realizaremos un esquema en clase.