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lunes, 23 de julio de 2012



Creo que ha llegado el momento de sacar brillo, pulir y volver a presentar en sociedad, con bombillas como en la fotografía o sin ellas, las dos palabras que definían el ser romano: cosa y pública. Colocadas en este orden no podían referirse a una cosa pública cualquiera, sino al interés general, a la cosa de todos, que usadas en ablativo y privadas de la preposición que informaba de su procedencia, pasaron a nombrar a un sistema político: la república, la época de mayor esplendor no sólo de Roma, sino de cualquier sociedad que abrazara  la democracia.

Hoy que se ataca a la cosa pública, afortunadamente desde sectores muy minoritarios de la población, y desgraciadamente los menos informados, conviene recordar a un  florentino particular, Nicolás de Maquiavelo, que según Arnold Hauser enriqueció el pensamiento político occidental mediante su teoría del realismo político. No  fueron ni serán  las violencias de los tiranos las que causen  la conmoción general, sino la justificación de sus métodos por un hombre que hacía valer, junto a la filosofía de la fuerza, el evangelio de la clemencia, junto al derecho del hábil también el del noble, junto a la moral del “zorro” también la del “león”. Desde que hubo señores y súbditos, amos y criados, explotadores y explotados, hubo también dos distintos órdenes de patrones morales, uno para los poderosos y otro para los débiles. Maquiavelo fue sólo el primero que puso ante la conciencia de los hombres este dualismo moral, esta doctrina de  la doble moral,  La estabilidad de un Estado,  no puede depender de un hombre bueno, ni puede permanecer unido permanentemente. Lo malo no es que surjan las divisiones inevitables, sino facciones y sediciosos que se mueven por intereses privados, beneficiando a tal o cual ciudadano, “defendiéndolo de los magistrados, ayudándole con dinero, haciendo que consiga inmerecidos honores y gratificando a la plebe con juegos y con mujeres públicas.” El gobernante sólo puede asegurar la estabilidad de la república por el camino de la cosa pública, del bien general."

Y éste es el quid de la cuestión: se maltrata y apalean los servicios públicos y con ellos a sus servidores, ignorando  que en otros tiempos no muy lejanos (siglo XIX) éstos cesaban cada vez que cambiaba el gobierno, que cubría las plazas  que se quedaban vacantes, con personas adictas a los gobernantes. Aunque todos los sistemas tengan agujeros, que no vamos a negar, la preparación de un funcionario que ha de  someterse a un tribunal elegido con  criterios y garantías profesionales debería tranquilizarnos a todos, al margen de otras consideraciones económicas en las que no vamos a entrar ahora.


Estamos de acuerdo con Maquiavelo en que la  República se mantendrá firme si  en el espíritu de los gobernantes predomina la defensa de los intereses públicos; si surgen movimientos disidentes que defienden los intereses privados y benefician a ciudadanos privados, mientras entretienen al pueblo con eventos, la corrupción se instalará en su seno. Los alumnos que tuvieron la suerte de disfrutar de una enseñanza pública orgullosa, saben que lo importante no es escribir con letra de monja y en color rosa, sino tener claro que se esconde tras cualquier concepto, colaborando con sus profesores en el descubrimiento. En eso han sido buenos los profesores españoles de la enseñanza pública.



 El Senado y el Pueblo de Roma

En ellos reside el poder


Vivimos en un país en el que, como  alguien dijo en un medio de comunicación, suspendemos en cálculo y tenemos matrícula de honor en gimnasia. Que me perdonen los profesores de educación física, que buscan, como los griegos, una formación integral del hombres, -mens sana in corpore sano-, y que chocan con la incomprensión de amplios sectores.





Podríamos seguir defendiendo la cosa pública en otros sectores, pero sería interminable. Todos sabemos que la atención y dedicación de muchos trabajadores  ajenos al sector público, depende de la  honestidad y grado de compromiso de quien los contrata de acuerdo con sus intereses particulares. Pero, de una forma u otra, todos dependemos de la solidez de lo público, y muchos se sorprenderían, no quienes han trabajado y colaborado conmigo en que hemos gastado el tema de tanto usarlo, de las conquistas de aquel pueblo romano, que vivió hace más de dos mil años y que todavía sobreviven.

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